lunes 27 de julio de 2009

CAPÍTULO 5

8 de enero - Amanecer


–Quiero volver allí –le dije en un rapto de excitación, mientras salía de las cavilaciones que me habían abstraído durante horas. Hardy me miró con gesto comprensivo, pero no contestó. Por el ventanuco se oían con toda claridad los martillazos y las voces de los albañiles que estaban trabajando en la ampliación de los talleres de armería y el nuevo depósito de municiones. No debían estar pasándola mucho mejor que nosotros. El frío calaba hasta los huesos.
–¿Y, qué me dices? –insistí. Estaba impaciente–. ¿Vas a ayudarme, amigo?
–Sabes que sí –respondió al fin, con voz serena–. Pero antes necesito saber si estás bien seguro de que deseas hacerlo.
Su respuesta me desorientó. Durante algunos segundos sentí fuertes dudas. La primera experiencia había sido muy traumática y todavía abrigaba una sensación de temor. Sin embargo, prevalecía en mi ánimo una fuerte curiosidad por saber cómo había terminado aquella historia. Tenía el presentimiento de que aún quedaban por revelarse algunas circunstancias graves referidas al episodio con el malvado sacerdote, y esa idea -convertida en una obsesión- me robaba el sueño.
–Sí, estoy seguro –me oí responder, aunque no supe si había sido la voz de la mente o la del corazón.
–Bien; en ese caso –empezó a decir, mientras se acercaba hasta el catre donde yo estaba sentado– acuéstate como la vez anterior, con los brazos flojos a ambos costados del cuerpo. Quiero que te relajes. Cierra los ojos y comienza a respirar profundamente, de la manera que te he enseñado. Eso es, así. Bien. Continúa; más lento; más profundo...
A pesar de estar inquieto, noté que las palabras de Hardy actuaban sobre mi ansiedad con una rapidez asombrosa. A medida que inspiraba y exhalaba, su voz parecía alejarse cada vez más y mi conciencia se fue sumergiendo poco a poco en una especie de sopor muy hondo y placentero. Luego sobrevino la oscuridad y el silencio, hasta que, de pronto, la luz del día castigó mis pupilas. Empecé a abrir los párpados con mucha dificultad.

Estaba tirado en el piso, junto al piletón. Mi amigo Serefet trataba de reanimarme.
–¿Te sientes mejor, Tar-Ek? –preguntó. Cuando alcé la cabeza vi su rostro frente a mis ojos. Fue un alivio tenerlo cerca, oír su voz afectuosa, saber que contaba con su ayuda. Me rodeaban otros tres compañeros de taller, observándome con visible preocupación.
–¿Qué...qué ocurrió? –tenía la boca pastosa y una vaga sensación de náusea.
–Estuviste a punto de cometer una locura, amigo mío –me contestó–. ¿Te has recuperado bien? ¿Crees que podrás incorporarte? A ver, déjame que te ayude...
Mientras trataba de ponerme de pie sostenido por los fuertes brazos de mi compañero, recordé en forma repentina lo que había ocurrido antes del súbito desmayo. Cuando Therpis empezaba a alejarse rodeado por sus guardias, yo, enceguecido por el odio, había tomado una de las palas con el propósito de abalanzarme sobre él para matarlo. Pero algo impidió que lo llevara a cabo: en el instante en que quise dar el primer paso sentí un fuerte azote en la nuca y de pronto me vi envuelto en la oscuridad.
–Tuve que hacerlo, querido hermano –se disculpó Serefet, con tono apesadumbrado–. Lo hice para salvarte de un desastre mayor, ¿me entiendes?
¡Cómo no iba a entenderlo! ¡Serefet, mi amigo más fiel desde la primera infancia, compañero de tareas durante los últimos veinte años! Su rápida reacción había salvado mi vida. Si él no me hubiera abatido a tiempo con ese golpe hábil y certero, tal vez yo habría logrado cumplir o no mi propósito de venganza; en cualquier caso ahora estaría en manos de la guardia real, a punto de ser sacrificado de la manera más atroz, debiendo atravesar por todos los suplicios señalados en el Códice de Nimhat.
–Quédate tranquilo –dijo–. Ni llegaron a enterarse de tus intenciones. Uno de los guardias escuchó tu quejido y al verte tirado en el piso volvió sobre sus pasos para averiguar qué te estaba ocurriendo. Le dijimos que te sentías mal desde la mañana y que te habías desvanecido en forma súbita. No le dio mayor importancia y se retiró enseguida.
Lo miré conmovido. Él era primo hermano de Ateyah y sufría tanto como yo aquella afrenta. Además, otros colegas artesanos habían sido víctimas de la espantosa degradación de Therpis, de manera que todos ellos conocían el dolor y la indignación que envenenaban mi pecho. El propio Serefet tenía sed de desquite, pero a diferencia de mi naturaleza torpe y sanguínea, él poseía una capacidad admirable para dominar sus instintos. Era dueño de una gran inteligencia y sabía planear muy bien sus acciones.

La visión se tornó confusa. Como en las secuencias caprichosas de los sueños, vi desfilar escenas fugaces, retazos de conversaciones y hechos inconexos que mostraban el curso lento de los días. En esa sucesión de imágenes era desolador el rostro siempre lloroso de Ateyah; ya no era la misma después de aquella vejación. Al propio tiempo, los ocasionales disgustos provocados por la presencia pública o el paso de Therpis y su comitiva por los talleres estaban enfermándome. Y la paciente espera de Serefet, que había deslizado su intención de envenenar a aquel desgraciado, también me tenía en vilo. Lo cierto es que al fin se atrevió a intentarlo, de la manera más osada e increíble que nadie jamás hubiera imaginado.


Cada vez que terminábamos una serie completa de mosaicos esmaltados para el recinto funerario del Gran Faraón, Therpis era el encargado de la ceremonia de sacramentación de las piezas. Primero ungía la loseta central con los óleos crispinos y a continuación, mientras caminaba entonando cánticos a lo largo de la hilera, espolvoreaba sobre el conjunto las cenizas crematorias de las vírgenes sacrificadas en honor a Osiris, reservadas dentro de una pequeña urna ritual.
El día previsto, al atardecer, se llevó a cabo la ceremonia ya anunciada desde la semana anterior. Therpis inició los ritos en presencia de todos nosotros.
Cuando llegó el momento de echar el fino polvillo para dar término al acto, dos acólitos le acercaron la urna. Uno de ellos levantó la tapa y él se preparó para introducir sus manos en ella; debía tomar del interior dos puñados de cenizas. Al hacerlo palideció de una manera tan visible que a todos se nos escapó una exclamación. Ni siquiera atinó a retirarlas; permaneció durante varios segundos estático, con la mirada perdida, y después comenzó a desplomarse con increíble lentitud; sus piernas se fueron flexionando hasta hacerlo caer de bruces sobre el piso.
El veneno del escorpión blanco es la ponzoña natural más poderosa que se conoce en toda la región. Ataca directamente el músculo cardíaco y paraliza la respiración en menos de un minuto. Therpis cayó como si lo hubiera tocado un rayo. No puedo explicar la sensación de júbilo que me invadió de pronto al verlo allí, quieto y arrollado sobre sí mismo: se asemejaba a un gran montículo de estiércol. La guardia real lo levantó y lo condujo al Templo con toda urgencia.
Miré a Serefet y vi en sus ojos la tranquila satisfacción del deber cumplido.

Todo parecía haber salido a la perfección. Sin embargo, al otro día supimos que por milagro, el Sumo Sacerdote había sobrevivido al poder letal de la ponzoña y que estaba reponiéndose de manera lenta aunque efectiva. Pero eso no era lo peor: cuando los guardias constataron la presencia del arácnido en el interior del receptáculo, comenzaron las sospechas y los interrogatorios. El escorpión blanco no frecuenta las superficies; por el contrario, habita en cavidades profundas y no soporta la luz del día. Enemigo de Ra, sólo se lo encuentra de modo ocasional en ciertos lugares pedregosos, excavando la tierra. Era evidente que alguien lo había colocado con deliberado propósito, porque además la tapa de la urna aseguraba un cierre perfecto.


De inmediato todos los artesanos fuimos conducidos a la mazmorra. Allí nos iban interrogando en forma separada, bajo crueles torturas. Nunca supimos quién habló. Al día siguiente, cuando nos liberaron, alguien informó que la guardia real se había llevado a Serefet y estaba confinado en una celda, mientras preparaban el arco de los suplicios.
Las leyes del Nimhat se cumplieron una a una. Su sufrimiento fue atroz. Y ellas eran sólo un anticipo de lo que le esperaba. Luego habría de errar durante siglos por los laberintos del Bajo Mundo; jamás descansaría en las dulces praderas de Aalu.

Desperté envuelto en el mismo sudor frío que me había bañado la primera vez. Busqué a Hardy con la mirada en la semipenumbra de la celda. Me sobresaltó su ausencia; no lo veía por ninguna parte. Enseguida su voz me tranquilizó. Me pareció extraño verlo acostado en su lecho, como si se hubiera desentendido de mí durante el último tramo de la experiencia.
–¿Por qué estás allí, amigo? –le pregunté–. ¿Me has oído hablar? ¿Dije algo de todo lo que estaba viendo?
–Has dicho lo suficiente –su voz ronca denotaba cierta fatiga–. No te preocupes. Ahora te conviene descansar.
Sin decir más, se cubrió enseguida con la manta y se dio vuelta para dormir, de cara a la pared.
Noté que ya era el mediodía. Un fuerte olor a comida inundaba la celda elevándose desde los patios. El ruido de las herramientas había cesado; ahora se oían en cambio las conversaciones animadas de los albañiles mientras comenzaban a reunirse en torno a la gran marmita, donde pronto recibirían sus miserables raciones de guisote.
Recordé a mi familia. Me pregunté si ellos tendrían hoy algún mendrugo para el almuerzo. Y entonces me puse a llorar en silencio, hasta que el sueño volvió a vencerme.





8 comentarios:

Rosanna,  27 de julio de 2009 16:24  

Qué más le puedo decir que ya no le haya dicho antes. Este capítulo es SUPREMO. Tiene todo los condimentos necesarios y en su justa medida para tener al lector expectante, dubitativo con respecto a lo que seguirá, asombrado por un nuevo desenlace. Cuando uno piensa que va a terminar de la manera más obvia, aparece otra cosa inesperada. GRACIAS!!!! Ah!! Y No se olvide de lo que ya he conseguido a cambio de adelantarme unos capítulos!! Nadie se va a enterar!!
Por último, No piense que me había olvidado de leer tempranito el blog. Sólo que mi comentario anterior no salió publicado. Seguramente me apuré y apreté otra cosa antes de enviarlo. Aclaro por si aparece después otro similar. Es que el pueblo está alborotado!

Carlos Roberts,  27 de julio de 2009 17:52  

Bello, Bello, Bello...

Carlos Dante Ferrari 28 de julio de 2009 08:38  

Rosanna, ¡usted siempre tan ocurrente! En cuanto al pueblo, ¿está alborotado o alborozado? No me asuste...
Carlos: ¡caro amico! Muchas gracias.

PENDERYN,  29 de julio de 2009 18:53  

VERY NICE INDEED! I'll start reading the previous chapters. Sounds mysterious. Pharoes and Egypt are always a good source of stories. Look forward to a successful work. Thank you for sharing. All the best.
R.

Carlos Dante Ferrari 30 de julio de 2009 08:14  

Croeso, Penderyn! Muchas gracias.

Mariana Soffer 2 de agosto de 2009 10:22  

Otro excelente capitulo digital de un texto que no comparte ese espiritu, parece mas bien haber sido escrito con una pluma y un tintero.
Felicitaciones hombre sigue asi con tu texto

Carlos Dante Ferrari 2 de agosto de 2009 14:32  

Así lo escribió Ashterwood, Mariana. Aquí lo único que hacemos es transcribirlo :-) ¡Muchas gracias por tu estimulo! Abrazo.

Lucy in the Sky 12 de agosto de 2009 09:41  

Si en algo me reconforta no haber podido leer estos días es que ahora puedo seguir con el capítulo 6 inmediatamente :D

ACERCA DE ESTE PROYECTO

"VISIONES EN LA TORRE" es una novela corta (nouvelle) en dieciséis capítulos - A raíz de la excelente respuesta recibida por parte de los lectores, la obra acaba de ser publicada por la editorial Simurg (Buenos Aires, febrero 2010)

Dirección de contacto del autor:
carlos dante ferrari@gmail.com

Dirección de contacto editorial:
simurg@sion.com
www.edicionessimurg.com

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