CAPÍTULO 6
9 de enero – Atardecer
He estado toda la tarde recordando los primeros días aquí. Todavía se libra en mi mente un conflicto entre dos imágenes muy opuestas de la torre. Cuando cierro los ojos, las retinas me devuelven la mole de piedra majestuosa que solía contemplar en aquellos paseos desde la otra orilla del Támesis, siendo un joven soñador y optimista. En esa época fantaseaba con la idea de formar parte de las tropas reales –quizás de la caballería– y recibir adiestramiento dentro de esta fortaleza, a la que imaginaba como un ámbito glorioso, inalcanzable. ¡Qué paradoja! Quiso el destino en cambio que la única vez que pude cruzar la falsabraga y el puente para conocer el lado interno de los muros, viniera engrillado. Entré a los empellones, crucé los patios, atravesé un laberinto de murallas y escaleras infectas hacia este pabellón, y mientras me sentía arrastrado a través de corredores adoquinados y oscuros, todos aquellos ensueños juveniles se disiparon en un santiamén.
Cuando los guardias me condujeron por último a este calabozo creí que iba a estar solo, completamente aislado. Por esa razón me sorprendió encontrar aquí a un acompañante, alguien con quien al menos podría hablar y desahogarme. Creo que fui afortunado, y no sólo por haber contado con esa compañía, cuya ausencia hace hoy más dolorosa mi espera. Mucho más es lo que le debo a ese hombre.
Desde el mismo día en que nos conocimos, sentí mucha curiosidad por saber la historia personal de Hardy. En nuestra primera conversación él me dijo en dos palabras el motivo por el que estaba allí, pero no brindó otros detalles y yo tampoco me atreví a indagarlo acerca de un hecho que, por otra parte, me parecía tan terrible como vergonzante. ¡Asesinar a su propio padre...!
Quizás por esa misma razón, mi intriga se acrecentó al ver que él nunca mostraba el menor arrepentimiento por el crimen cometido. Diría que, por el contrario, hasta parecía tranquilo y aliviado. Cuando el tema era mencionado al pasar, lo observaba para ver si descubría en su rostro alguna expresión que delatara contrición o remordimiento, pero todo lo que veía en el espejo de sus ojos claros era una mirada franca, serena, que denotaba una paz profunda. Eso me parecía muy extraño. ¿Podía ser un hombre tan salvaje e inmoral, tan indolente y escabroso como para no atormentarse o enloquecer, después de haber llevado a cabo semejante acción?
A pesar de ese reparo, debo decir que nuestro grado de confianza recíproca iba aumentando con el paso de los días. Las experiencias hipnóticas, hechas con su ayuda y cuidado, nos invitaban a hablar sobre temas personales; al fin y al cabo, el motivo para compartir las sesiones no era otro –según la propuesta de Hardy– que indagar el pasado en busca de indicios que pudieran explicar mi situación actual. Sin embargo, a veces las prácticas parecían tener un efecto adverso.
En la tercera y última regresión que hicimos a Egipto, por ejemplo, pude enterarme del final de aquellas secuencias trágicas, y esa revelación resultó tan dolorosa para mí que durante varios días no quise ni pensar en intentarlo de nuevo.
Trataré de sintetizar los pormenores de ese trance. Cada vez que lo recuerdo, juro que me estremezco.
La desgracia había caído sobre nuestras familias. A la pérdida de mi gran amigo Serefet se sumó el creciente deterioro psíquico y nervioso de Ateyah, que nunca consiguió recuperar el ánimo a partir de aquel hecho desgraciado. Vivía callada, llorando en los rincones; se había recluido sin querer ver a nadie. ¡Era una mujer tan dulce y delicada! Poco tiempo después enfermó gravemente. Había adelgazado muchísimo, se rehusaba a comer y así murió pocas semanas más tarde. Creo que de pura tristeza.
Fue entonces cuando sentí que empezaba a enloquecer de furia e impotencia. Había perdido a los dos seres que más amaba –Ateyah y Serefet– y el culpable de todo, el malvado y miserable Therpis, se paseaba a diario muy orondo con su séquito, mientras todos le rendían los honores propios de su investidura.
Unidos, el sentimiento de injusticia y el afán insatisfecho del desquite se convirtieron en una carga insoportable. Ya nada me ligaba a la vida. En una sucesión de imágenes y sensaciones horrorosas salí a vagar sin rumbo por los suburbios de Tebas, al borde del delirio, corriendo a los gritos como un poseído, hasta que fui atrapado y confinado en un aposento hediondo junto a otros seres caídos en desgracia: perturbados, ciegos, lunáticos y leprosos librados a la suerte divina. Todavía perdura en mí aquella aterradora sensación de estar yacente, en agonía, víctima de un estado deplorable, mientras era pisoteado por mis compañeros que ambulaban extraviados en la oscuridad del recinto.
Durante los días siguientes hablé mucho acerca de esto con Hardy. Si bien no terminaba de aceptar que esas visiones fueran auténticas, algunas de ellas, siendo tan vívidas, tan familiares y convincentes, conseguían perturbarme en extremo, como si se conectaran con hechos almacenados en la corteza más profunda de mi conciencia.
–Puedo entender tu escepticismo, Nick –me dijo, en una ocasión–. Es natural que reacciones así. Sin embargo, me atrevo a pedirte que sigamos con esto hasta el final. Me queda poco tiempo aquí y no debemos desaprovecharlo. Nada de lo que sucede es casual –agregó, antes de retirarse a su catre–. Llegará la hora en que podrás comprobarlo, y entonces sabrás entender la razón de mi insistencia.
No le contesté. En lo más íntimo de mi ser, algo poderoso e indefinible tendía a reconocer un sello de absoluta sinceridad en sus palabras.
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He estado toda la tarde recordando los primeros días aquí. Todavía se libra en mi mente un conflicto entre dos imágenes muy opuestas de la torre. Cuando cierro los ojos, las retinas me devuelven la mole de piedra majestuosa que solía contemplar en aquellos paseos desde la otra orilla del Támesis, siendo un joven soñador y optimista. En esa época fantaseaba con la idea de formar parte de las tropas reales –quizás de la caballería– y recibir adiestramiento dentro de esta fortaleza, a la que imaginaba como un ámbito glorioso, inalcanzable. ¡Qué paradoja! Quiso el destino en cambio que la única vez que pude cruzar la falsabraga y el puente para conocer el lado interno de los muros, viniera engrillado. Entré a los empellones, crucé los patios, atravesé un laberinto de murallas y escaleras infectas hacia este pabellón, y mientras me sentía arrastrado a través de corredores adoquinados y oscuros, todos aquellos ensueños juveniles se disiparon en un santiamén.
Cuando los guardias me condujeron por último a este calabozo creí que iba a estar solo, completamente aislado. Por esa razón me sorprendió encontrar aquí a un acompañante, alguien con quien al menos podría hablar y desahogarme. Creo que fui afortunado, y no sólo por haber contado con esa compañía, cuya ausencia hace hoy más dolorosa mi espera. Mucho más es lo que le debo a ese hombre.
Desde el mismo día en que nos conocimos, sentí mucha curiosidad por saber la historia personal de Hardy. En nuestra primera conversación él me dijo en dos palabras el motivo por el que estaba allí, pero no brindó otros detalles y yo tampoco me atreví a indagarlo acerca de un hecho que, por otra parte, me parecía tan terrible como vergonzante. ¡Asesinar a su propio padre...!
Quizás por esa misma razón, mi intriga se acrecentó al ver que él nunca mostraba el menor arrepentimiento por el crimen cometido. Diría que, por el contrario, hasta parecía tranquilo y aliviado. Cuando el tema era mencionado al pasar, lo observaba para ver si descubría en su rostro alguna expresión que delatara contrición o remordimiento, pero todo lo que veía en el espejo de sus ojos claros era una mirada franca, serena, que denotaba una paz profunda. Eso me parecía muy extraño. ¿Podía ser un hombre tan salvaje e inmoral, tan indolente y escabroso como para no atormentarse o enloquecer, después de haber llevado a cabo semejante acción?
A pesar de ese reparo, debo decir que nuestro grado de confianza recíproca iba aumentando con el paso de los días. Las experiencias hipnóticas, hechas con su ayuda y cuidado, nos invitaban a hablar sobre temas personales; al fin y al cabo, el motivo para compartir las sesiones no era otro –según la propuesta de Hardy– que indagar el pasado en busca de indicios que pudieran explicar mi situación actual. Sin embargo, a veces las prácticas parecían tener un efecto adverso.
En la tercera y última regresión que hicimos a Egipto, por ejemplo, pude enterarme del final de aquellas secuencias trágicas, y esa revelación resultó tan dolorosa para mí que durante varios días no quise ni pensar en intentarlo de nuevo.
Trataré de sintetizar los pormenores de ese trance. Cada vez que lo recuerdo, juro que me estremezco.
La desgracia había caído sobre nuestras familias. A la pérdida de mi gran amigo Serefet se sumó el creciente deterioro psíquico y nervioso de Ateyah, que nunca consiguió recuperar el ánimo a partir de aquel hecho desgraciado. Vivía callada, llorando en los rincones; se había recluido sin querer ver a nadie. ¡Era una mujer tan dulce y delicada! Poco tiempo después enfermó gravemente. Había adelgazado muchísimo, se rehusaba a comer y así murió pocas semanas más tarde. Creo que de pura tristeza.
Fue entonces cuando sentí que empezaba a enloquecer de furia e impotencia. Había perdido a los dos seres que más amaba –Ateyah y Serefet– y el culpable de todo, el malvado y miserable Therpis, se paseaba a diario muy orondo con su séquito, mientras todos le rendían los honores propios de su investidura.
Unidos, el sentimiento de injusticia y el afán insatisfecho del desquite se convirtieron en una carga insoportable. Ya nada me ligaba a la vida. En una sucesión de imágenes y sensaciones horrorosas salí a vagar sin rumbo por los suburbios de Tebas, al borde del delirio, corriendo a los gritos como un poseído, hasta que fui atrapado y confinado en un aposento hediondo junto a otros seres caídos en desgracia: perturbados, ciegos, lunáticos y leprosos librados a la suerte divina. Todavía perdura en mí aquella aterradora sensación de estar yacente, en agonía, víctima de un estado deplorable, mientras era pisoteado por mis compañeros que ambulaban extraviados en la oscuridad del recinto.
Durante los días siguientes hablé mucho acerca de esto con Hardy. Si bien no terminaba de aceptar que esas visiones fueran auténticas, algunas de ellas, siendo tan vívidas, tan familiares y convincentes, conseguían perturbarme en extremo, como si se conectaran con hechos almacenados en la corteza más profunda de mi conciencia.
–Puedo entender tu escepticismo, Nick –me dijo, en una ocasión–. Es natural que reacciones así. Sin embargo, me atrevo a pedirte que sigamos con esto hasta el final. Me queda poco tiempo aquí y no debemos desaprovecharlo. Nada de lo que sucede es casual –agregó, antes de retirarse a su catre–. Llegará la hora en que podrás comprobarlo, y entonces sabrás entender la razón de mi insistencia.
No le contesté. En lo más íntimo de mi ser, algo poderoso e indefinible tendía a reconocer un sello de absoluta sinceridad en sus palabras.
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blognovela visiones torre Londres






5 comentarios:
Esta entrega demuestra que el autor no sólo conoce la Torre por dentro sino también los más íntimos sentimientos de un prisionero en esas circunstancias. Esto es lo que hace que la obra cobre más realismo.
Creo que todos sus lectores le pediríamos lo mismo: que siga con esto hasta el final. Yo le agregaría: Pronto, por favor!!
Felicitaciones!! Qué genial idea.
Rosanna, muchas gracias; eso sí, desmiento la versión de haber estado prisionero en la torre. Cuando la visité, todo lo mío ya estaba todo prescripto :-)
Ana, es muy lindo contarte entre nosotros. ¡Gracias!
Hola carglos, queria como siempre aprovechar para felicitarte por ser un muy buen escritor y tambien por tener constancia en lo que haces.
Carinios
mARIAN
Debo confesar que Hardy me está generando una intriga tremenda.
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