CAPÍTULO 8
11 de enero - Madrugada
Acabo de despertarme en mitad de una pesadilla. Como sé que no podré volver a dormir, prefiero continuar con estas notas.
Pensándolo bien, más que un mal sueño, ha sido sólo un anticipo de lo que vendrá. Pocos días me quedan ya para ir a hacerle compañía a Hardy en el infierno.
Soñé que mi compañero de celda regresaba a través de los lúgubres pasadizos de la muerte. Atravesó el muro como si fuera etéreo y se plantó frente a mí. Lo escuché decir: “¡Vamos, Nick! ¡Te están esperando allí. Es tu hora; debo llevarte conmigo...!”
Me sobrecogió su palidez, los ojos fuera de las órbitas, las córneas enrojecidas, inyectadas en sangre, el temblor en sus manos y en sus mejillas. Sí, era impresionante, aunque no muy distinto de cómo se veía después de sufrir aquellos terribles ataques.
Recuerdo su primer cuadro convulsivo, aquí mismo, una mañana, después de haber rehusado el desayuno. Al despertar se había sentido mal y permaneció todo el tiempo quieto en su litera, muy callado. De pronto se escuchó un ronquido aterrador; lo miré y vi que había levantado la cabeza adelantando el mentón, con los brazos recogidos sobre el pecho y los puños crispados. Luego pareció buscar algo desesperadamente con la mirada sobre el techo; se le torció la boca, temblaba de pies a cabeza y enseguida empezó a sacudirse como si una onda vibrante se hubiera apoderado de todo su cuerpo. Le salía espuma por la boca. Después cayó al piso y allí siguió retorciéndose de una manera espantosa.
Yo no sabía qué hacer, estaba paralizado. Temía que en cualquier momento fuera a levantarse para golpearme o estrangularme. Nada de eso. El pobre no tenía ningún dominio sobre sus actos. Todos esos espasmos y gesticulaciones eran producto del furor epiléptico y no podía dañar a nadie más que a sí mismo, porque en la eclosión de sus ataques se raspaba la cara contra los adoquines, hasta que la nariz y la frente empezaban a sangrar.
Por fin se calmó. Entró en un estado de quietud repentino; por un instante, llegué a pensar que había muerto. Durante unos segundos el silencio y la inmovilidad me provocaron un frío por la espalda. Me acerqué con toda cautela y pude ver que el abdomen se le contraía con lentitud, en inspiraciones profundas. Por fortuna estaba vivo, sumido en un sueño muy intenso. Decidí no tocarlo ni golpear la puerta para que vinieran los guardias. En todo caso, nada bueno podría esperarse de esos malditos carceleros.
En esa ocasión Hardy durmió hasta cerca del mediodía. Cuando despertó tenía ese aspecto horrible que presentaba esta madrugada en mi pesadilla: el rostro macilento, las facciones desencajadas, la mirada turbia y sanguinolenta.
–¿Te asustaste mucho, amigo? –me preguntó, con un tono entre compasivo y sarcástico. Sabía muy bien la fuerte impresión que causaban sus ataques a cualquier testigo presencial.
–Despreocúpate, Hardy –le contesté–. Lo importante es que ya estás bien.
Tal vez por la necesidad de justificar lo que le había ocurrido –o bien por el simple deseo de desahogarse– mi compañero decidió contarme algunos detalles de su vida vinculados con la primera manifestación de aquella dolencia. Nunca antes había sido tan expresivo. Nos conocíamos hacía sólo dos semanas y hasta entonces había guardado mucha reserva acerca de su historia personal.
–No creas que me he acostumbrado a esta maldición –me dijo–. La primera vez que me sucedió algo así fue hace poco más de un año, en plena calle céntrica, en Glasgow. Acababa de sufrir uno de los peores disgustos de mi vida.
Hizo una breve pausa para mirarme. Sus pupilas veladas comprobaron el interés en mi rostro atento y entonces prosiguió.
–Yo era por entonces un comerciante muy próspero, ¿sabes? Tenía una tienda de ramos generales en la calle Argyle y había empezado a incursionar en el negocio mayorista. Noté que algunos sitios alejados del interior de Escocia eran una buena plaza para colocar mercaderías de toda clase, de manera que solía ir de gira por distintas localidades a lo largo de varias semanas para tomar pedidos; luego los enviaba a destino por vía terrestre o marítima, según conviniera a cada sitio. Durante esos viajes dejaba el almacén a cargo de Dalton McBride, un buen hombre, aunque algo imbécil y falto de carácter. Mi padre solía venir a controlarlo cada tanto y lo ayudaba a tomar algunas decisiones. En realidad, debo decirte que esa fue mi perdición. Por distintas circunstancias, ninguno de ellos era completamente fiable: Dalton, por estúpido, y mi padre, bueno...
Al mencionar de nuevo a su ascendiente volvió su vista hacia mí. Todo lo que había dicho de él hasta entonces era que lo había matado; era lógico suponer que esto me despertaría curiosidad. No hizo falta que lo instara a continuar.
–Mira, Nick, verás: para contártelo en pocas palabras, el viejo Jamieson siempre fue un desgraciado borrachín y fullero. Mi madre y yo sufrimos sus maltratos durante años hasta que en una ocasión, siendo yo adolescente, el muy ladino se fue al diablo; nos dejó varias deudas y empezó a andar en malos pasos. Nos arreglamos como pudimos. Comencé a trabajar como empleado de una tienda y allí aprendí los secretos del comercio, hasta que a los veintitrés años pude establecerme por mi propia cuenta. Pasaron muchos años más sin que supiera nada acerca de su destino. Mi madre falleció y yo quedé solo en el mundo; ni siquiera tenía otros parientes que me hicieran sentir la presencia y el afecto propios de una familia. Me dediqué de lleno a los negocios y seguí prosperando, hasta que un buen día él se presentó en el almacén de buenas a primeras, como si nada hubiera ocurrido. Tenía muy mala traza, se lo veía sucio y apestaba a aguardiente. Tuve la tentación de echarlo, pero me imploró clemencia; juró que estaba arrepentido y sumido en la miseria. Pidió ayuda llorando como una criatura; así logró conmoverme. Ese fue mi primer gran error, quizás el único del que hoy por hoy deba arrepentirme.
–¿Volvió a vivir contigo? –me animé a preguntarle.
–Sí. A partir de entonces empezó a vivir a mis expensas. Lo mantenía por una cuestión de conciencia, aunque nunca había podido olvidar su crueldad y su mala conducta. Fui un ingenuo, amigo; me dejé llevar por los sentimientos y cometí un descuido imperdonable. Así fue como un día, después de haber finalizado un largo viaje, regresé para encontrarme con una ingrata sorpresa: a raíz de una enfermedad temporaria de McBride, el viejo había quedado a cargo del negocio durante una semana y en esos pocos días, aprovechando la oportunidad, malvendió todas las mercaderías de la tienda para luego fugarse con el dinero. Me había dejado en la ruina. Todo hacía suponer que el traidor se habría radicado en Londres, bajo una falsa identidad. Cuando supe la noticia estuve a punto de enloquecer, Nick; créeme. Después de toda la ayuda que le había dado, esa deslealtad de mi padre era inadmisible. A raíz de la conmoción sufrí el primer ataque convulsivo, y a partir de entonces comencé a tenerlos con cierta frecuencia, por lo que los médicos consideraron que sufría de una epilepsia irreversible.
–¿Y cómo fue que te interesaste por todo este asunto de las vidas pasadas, Hardy?
–Precisamente después de los hechos que te acabo de relatar, Nick. Durante esos ataques tenía extrañas visiones del pasado. Después de cada experiencia quedaba tan mal que sólo buscaba emborracharme en los bares hasta caer inconsciente. En una de esas giras nocturnas la curiosidad me llevó a tomar contacto con el anciano capitán O´Donnell, del que ya te he hablado. Entre otras cosas, tenía fama de ser adivino. Debes considerar que entonces yo estaba muy desorientado y no sabía cómo rehacer mi vida. Necesitaba encontrar respuestas, saber qué sería de mí después de un episodio tan desastroso. En esas las charlas el viejo logró tranquilizarme un poco; aseguró que en esta vida yo tenía que saldar una vieja deuda pendiente y me habló durante horas acerca de la transmigración de las almas. “Sigue el camino de tus intuiciones, Hardy”, me dijo finalmente. “Es lo que está marcado. No tienes otra alternativa.” Fue nuestra última conversación.
–¿Y le creíste todo lo que te decía?
–¡Y qué más daba, hombre! Si no tenía nada que perder. Arruinado, sin saber qué otro rumbo tomar, decidí viajar a Londres en busca de mi padre. Tenía la esperanza de recuperar algún dinero que me permitiera comenzar de nuevo.
-¿Tenías alguna pista para empezar a buscarlo?
–Los hombres como él sólo frecuentan ciertos antros, Nick. Es su forma de vida y no conocen otro ambiente que no sea la noche, el juego y el alcohol. Lo busqué sin parar por todas las tabernas londinenses, hasta que un día lo hallé en una fonda mísera, en los suburbios, en estado deplorable. Había dilapidado toda la plata en menos de dos meses. Entonces sentí una sed de venganza irrefrenable, ¿me entiendes? Sin embargo pude conservar una calma aparente. Con toda sangre fría, simulé que sus explicaciones me bastaban; le dije que regresaba a Glasgow y que no quería verlo nunca más. Luego le di la espalda y salí a la calle. Era una noche horrible, con mucha niebla, y hacía un frío glacial, paralizante. Aguardé en la oscuridad durante más de tres horas, hasta que al fin salió. Caminaba a los tropezones, canturreando, en total estado de ebriedad. Me acerqué por atrás y sin decir una palabra le partí el cráneo con una hachuela. No sabes el alivio que sentí al verlo caer, postrado, manando sangre como un cerdo recién degollado. Fue una sensación de justicia que nunca podrías imaginarte, compañero.
Quedé perplejo. No sabía qué responderle. Si bien era comprensible el sentimiento de odio por la mala acción que le había jugado su padre, tomarse revancha de ese modo era una completa desmesura. Sin embargo, preferí callar mi opinión.
–¿Y cómo te atraparon, Hardy? –mientras le formulaba la pregunta sentí un escalofrío en todo el cuerpo. Estaba muy impresionado.
–Fue una cuestión de segundos, Nick. Permanecí mirándolo por un instante y después traté de huir, pero a pocos pasos del lugar tuve la mala suerte de toparme con dos guardias que regresaban del trabajo y caí en sus manos como un idiota. Pocas semanas después fui juzgado y sentenciado a muerte.
Hardy enmudeció. Estaba muy pálido, tanto que me hizo temer la posibilidad de otro ataque. Por suerte no fue así. Entrecerró los ojos y comenzó a respirar en forma lenta y profunda, con la misma técnica que me hacía aplicar cuando dirigía mis regresiones. En menos de un minuto comprobé que había vuelto a dormirse, dejándome inquieto y lleno de interrogantes.
Acabo de despertarme en mitad de una pesadilla. Como sé que no podré volver a dormir, prefiero continuar con estas notas.
Pensándolo bien, más que un mal sueño, ha sido sólo un anticipo de lo que vendrá. Pocos días me quedan ya para ir a hacerle compañía a Hardy en el infierno.
Soñé que mi compañero de celda regresaba a través de los lúgubres pasadizos de la muerte. Atravesó el muro como si fuera etéreo y se plantó frente a mí. Lo escuché decir: “¡Vamos, Nick! ¡Te están esperando allí. Es tu hora; debo llevarte conmigo...!”
Me sobrecogió su palidez, los ojos fuera de las órbitas, las córneas enrojecidas, inyectadas en sangre, el temblor en sus manos y en sus mejillas. Sí, era impresionante, aunque no muy distinto de cómo se veía después de sufrir aquellos terribles ataques.
Recuerdo su primer cuadro convulsivo, aquí mismo, una mañana, después de haber rehusado el desayuno. Al despertar se había sentido mal y permaneció todo el tiempo quieto en su litera, muy callado. De pronto se escuchó un ronquido aterrador; lo miré y vi que había levantado la cabeza adelantando el mentón, con los brazos recogidos sobre el pecho y los puños crispados. Luego pareció buscar algo desesperadamente con la mirada sobre el techo; se le torció la boca, temblaba de pies a cabeza y enseguida empezó a sacudirse como si una onda vibrante se hubiera apoderado de todo su cuerpo. Le salía espuma por la boca. Después cayó al piso y allí siguió retorciéndose de una manera espantosa.
Yo no sabía qué hacer, estaba paralizado. Temía que en cualquier momento fuera a levantarse para golpearme o estrangularme. Nada de eso. El pobre no tenía ningún dominio sobre sus actos. Todos esos espasmos y gesticulaciones eran producto del furor epiléptico y no podía dañar a nadie más que a sí mismo, porque en la eclosión de sus ataques se raspaba la cara contra los adoquines, hasta que la nariz y la frente empezaban a sangrar.
Por fin se calmó. Entró en un estado de quietud repentino; por un instante, llegué a pensar que había muerto. Durante unos segundos el silencio y la inmovilidad me provocaron un frío por la espalda. Me acerqué con toda cautela y pude ver que el abdomen se le contraía con lentitud, en inspiraciones profundas. Por fortuna estaba vivo, sumido en un sueño muy intenso. Decidí no tocarlo ni golpear la puerta para que vinieran los guardias. En todo caso, nada bueno podría esperarse de esos malditos carceleros.
En esa ocasión Hardy durmió hasta cerca del mediodía. Cuando despertó tenía ese aspecto horrible que presentaba esta madrugada en mi pesadilla: el rostro macilento, las facciones desencajadas, la mirada turbia y sanguinolenta.
–¿Te asustaste mucho, amigo? –me preguntó, con un tono entre compasivo y sarcástico. Sabía muy bien la fuerte impresión que causaban sus ataques a cualquier testigo presencial.
–Despreocúpate, Hardy –le contesté–. Lo importante es que ya estás bien.
Tal vez por la necesidad de justificar lo que le había ocurrido –o bien por el simple deseo de desahogarse– mi compañero decidió contarme algunos detalles de su vida vinculados con la primera manifestación de aquella dolencia. Nunca antes había sido tan expresivo. Nos conocíamos hacía sólo dos semanas y hasta entonces había guardado mucha reserva acerca de su historia personal.
–No creas que me he acostumbrado a esta maldición –me dijo–. La primera vez que me sucedió algo así fue hace poco más de un año, en plena calle céntrica, en Glasgow. Acababa de sufrir uno de los peores disgustos de mi vida.
Hizo una breve pausa para mirarme. Sus pupilas veladas comprobaron el interés en mi rostro atento y entonces prosiguió.
–Yo era por entonces un comerciante muy próspero, ¿sabes? Tenía una tienda de ramos generales en la calle Argyle y había empezado a incursionar en el negocio mayorista. Noté que algunos sitios alejados del interior de Escocia eran una buena plaza para colocar mercaderías de toda clase, de manera que solía ir de gira por distintas localidades a lo largo de varias semanas para tomar pedidos; luego los enviaba a destino por vía terrestre o marítima, según conviniera a cada sitio. Durante esos viajes dejaba el almacén a cargo de Dalton McBride, un buen hombre, aunque algo imbécil y falto de carácter. Mi padre solía venir a controlarlo cada tanto y lo ayudaba a tomar algunas decisiones. En realidad, debo decirte que esa fue mi perdición. Por distintas circunstancias, ninguno de ellos era completamente fiable: Dalton, por estúpido, y mi padre, bueno...
Al mencionar de nuevo a su ascendiente volvió su vista hacia mí. Todo lo que había dicho de él hasta entonces era que lo había matado; era lógico suponer que esto me despertaría curiosidad. No hizo falta que lo instara a continuar.
–Mira, Nick, verás: para contártelo en pocas palabras, el viejo Jamieson siempre fue un desgraciado borrachín y fullero. Mi madre y yo sufrimos sus maltratos durante años hasta que en una ocasión, siendo yo adolescente, el muy ladino se fue al diablo; nos dejó varias deudas y empezó a andar en malos pasos. Nos arreglamos como pudimos. Comencé a trabajar como empleado de una tienda y allí aprendí los secretos del comercio, hasta que a los veintitrés años pude establecerme por mi propia cuenta. Pasaron muchos años más sin que supiera nada acerca de su destino. Mi madre falleció y yo quedé solo en el mundo; ni siquiera tenía otros parientes que me hicieran sentir la presencia y el afecto propios de una familia. Me dediqué de lleno a los negocios y seguí prosperando, hasta que un buen día él se presentó en el almacén de buenas a primeras, como si nada hubiera ocurrido. Tenía muy mala traza, se lo veía sucio y apestaba a aguardiente. Tuve la tentación de echarlo, pero me imploró clemencia; juró que estaba arrepentido y sumido en la miseria. Pidió ayuda llorando como una criatura; así logró conmoverme. Ese fue mi primer gran error, quizás el único del que hoy por hoy deba arrepentirme.
–¿Volvió a vivir contigo? –me animé a preguntarle.
–Sí. A partir de entonces empezó a vivir a mis expensas. Lo mantenía por una cuestión de conciencia, aunque nunca había podido olvidar su crueldad y su mala conducta. Fui un ingenuo, amigo; me dejé llevar por los sentimientos y cometí un descuido imperdonable. Así fue como un día, después de haber finalizado un largo viaje, regresé para encontrarme con una ingrata sorpresa: a raíz de una enfermedad temporaria de McBride, el viejo había quedado a cargo del negocio durante una semana y en esos pocos días, aprovechando la oportunidad, malvendió todas las mercaderías de la tienda para luego fugarse con el dinero. Me había dejado en la ruina. Todo hacía suponer que el traidor se habría radicado en Londres, bajo una falsa identidad. Cuando supe la noticia estuve a punto de enloquecer, Nick; créeme. Después de toda la ayuda que le había dado, esa deslealtad de mi padre era inadmisible. A raíz de la conmoción sufrí el primer ataque convulsivo, y a partir de entonces comencé a tenerlos con cierta frecuencia, por lo que los médicos consideraron que sufría de una epilepsia irreversible.
–¿Y cómo fue que te interesaste por todo este asunto de las vidas pasadas, Hardy?
–Precisamente después de los hechos que te acabo de relatar, Nick. Durante esos ataques tenía extrañas visiones del pasado. Después de cada experiencia quedaba tan mal que sólo buscaba emborracharme en los bares hasta caer inconsciente. En una de esas giras nocturnas la curiosidad me llevó a tomar contacto con el anciano capitán O´Donnell, del que ya te he hablado. Entre otras cosas, tenía fama de ser adivino. Debes considerar que entonces yo estaba muy desorientado y no sabía cómo rehacer mi vida. Necesitaba encontrar respuestas, saber qué sería de mí después de un episodio tan desastroso. En esas las charlas el viejo logró tranquilizarme un poco; aseguró que en esta vida yo tenía que saldar una vieja deuda pendiente y me habló durante horas acerca de la transmigración de las almas. “Sigue el camino de tus intuiciones, Hardy”, me dijo finalmente. “Es lo que está marcado. No tienes otra alternativa.” Fue nuestra última conversación.
–¿Y le creíste todo lo que te decía?
–¡Y qué más daba, hombre! Si no tenía nada que perder. Arruinado, sin saber qué otro rumbo tomar, decidí viajar a Londres en busca de mi padre. Tenía la esperanza de recuperar algún dinero que me permitiera comenzar de nuevo.
-¿Tenías alguna pista para empezar a buscarlo?
–Los hombres como él sólo frecuentan ciertos antros, Nick. Es su forma de vida y no conocen otro ambiente que no sea la noche, el juego y el alcohol. Lo busqué sin parar por todas las tabernas londinenses, hasta que un día lo hallé en una fonda mísera, en los suburbios, en estado deplorable. Había dilapidado toda la plata en menos de dos meses. Entonces sentí una sed de venganza irrefrenable, ¿me entiendes? Sin embargo pude conservar una calma aparente. Con toda sangre fría, simulé que sus explicaciones me bastaban; le dije que regresaba a Glasgow y que no quería verlo nunca más. Luego le di la espalda y salí a la calle. Era una noche horrible, con mucha niebla, y hacía un frío glacial, paralizante. Aguardé en la oscuridad durante más de tres horas, hasta que al fin salió. Caminaba a los tropezones, canturreando, en total estado de ebriedad. Me acerqué por atrás y sin decir una palabra le partí el cráneo con una hachuela. No sabes el alivio que sentí al verlo caer, postrado, manando sangre como un cerdo recién degollado. Fue una sensación de justicia que nunca podrías imaginarte, compañero.
Quedé perplejo. No sabía qué responderle. Si bien era comprensible el sentimiento de odio por la mala acción que le había jugado su padre, tomarse revancha de ese modo era una completa desmesura. Sin embargo, preferí callar mi opinión.
–¿Y cómo te atraparon, Hardy? –mientras le formulaba la pregunta sentí un escalofrío en todo el cuerpo. Estaba muy impresionado.
–Fue una cuestión de segundos, Nick. Permanecí mirándolo por un instante y después traté de huir, pero a pocos pasos del lugar tuve la mala suerte de toparme con dos guardias que regresaban del trabajo y caí en sus manos como un idiota. Pocas semanas después fui juzgado y sentenciado a muerte.
Hardy enmudeció. Estaba muy pálido, tanto que me hizo temer la posibilidad de otro ataque. Por suerte no fue así. Entrecerró los ojos y comenzó a respirar en forma lenta y profunda, con la misma técnica que me hacía aplicar cuando dirigía mis regresiones. En menos de un minuto comprobé que había vuelto a dormirse, dejándome inquieto y lleno de interrogantes.
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2 comentarios:
Se siguen abriendo los signos de interrogación. El suspenso está muy bien logrado.
Lucy, en algun momento llegaran todas las respuestas y se ataran todos los cabos pendientes. Trust me.
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