lunes 7 de septiembre de 2009

CAPÍTULO 11

14 de enero

Me desperté agitado y como sé que ya no volveré a dormir, me apresuro a reanudar estas notas. Estaba soñando con la última sesión que tuve con Hardy. Fue algo espantoso. No podía volver a la realidad.
Según él mismo me contó más tarde, ese día me descompuse de una manera incontrolable. Creo que se asustó mucho al verme tan trastornado. Mis gritos convocaron la atención de los guardias; uno de ellos, sin medir las posibles consecuencias, me arrojó un cubo de agua helada y me abofeteó para hacerme reaccionar, hasta que pasé de los gritos y los espasmos nerviosos a un estado de laxitud, sumido en un llanto mustio, silencioso. Así permanecí postrado en el catre durante más de tres horas, tratando de borrar de la mente esas imágenes.
Aunque me perturbe rememorarlas, debo hacer el esfuerzo de relatar las escenas que “viví” –es la palabra más adecuada, en este caso- durante la regresión hipnótica.

Estábamos bordeando unas laderas rocosas. Llevábamos más de veinte días en el afán de huir hacia el norte; a medida que avanzábamos, crecía la esperanza de poder regresar a la amada Tracia. Entretanto, los encuentros ocasionales con otros fugitivos allegaban noticias poco alentadoras acerca de la suerte de nuestra causa. Las ocho legiones de Craso habían provocado grandes reveses luego de vencer y dispersar a las fuerzas rebeldes, y hasta el momento Espartaco no conseguía reorganizar su ejército. Según relataban los diversos informantes, los seguidores de nuestro líder eran presa de la desesperanza y muchos de ellos, al ver peligrar sus vidas, habían emprendido una fuga desordenada a través de la campiña romana.
–Ya basta. Déjame aquí, Tarzio –volvió a rogar mi hermano–. Esta odisea ya se ha vuelto insoportable. Mi pierna es un colgajo doliente y estropeado. ¿No ves que tu inmolación será inútil? Todavía puedes salvarte. Estás sano, eres veloz para correr y hábil para mantenerte oculto. ¿Qué sentido tendría sacrificarte por mí?
Apreté los dientes para no responderle. Sé que sólo hubiera proferido insultos. Mi sangre rezumaba una mezcla de odio y exasperación; el corazón me latía al ritmo alternativo del miedo cerval y de la incertidumbre creciente. Después de todo, Cresio parecía tener razón. Nos desplazábamos cada vez con mayor dificultad; otros heridos ya habían sido abandonados en el camino, y ahora quedábamos apenas siete del grupo original. Por momentos, sobrellevar aquel peso renqueante sobre los hombros representaba una carga superior a mis fuerzas.
La media mañana nos encontró a la entrada de una gruta, donde un pequeño arroyo corría zigzagueando entre dos hileras de hierbas en flor. Sobre una cuesta cercana, una piara de cerdos salvajes apacentaba morosamente sobre la gramilla en pos de algún alimento. Al pie, entre las dos pendientes, había una laguna bordeada de juncos y sobre sus aguas tranquilas se deslizaban algunos patos de plumaje rufo, con las alas veteadas de negro.
Cresio se recostó sobre el césped y cerró los ojos. Yo me acerqué al cauce, comprobé su aspecto cristalino, me tendí de bruces y hundí los labios en el agua. Un frescor dulzón alivió mi boca reseca. Bebí con avidez, a grandes sorbos.
Después llené el odre y volví junto a mi hermano. Le tendí la bota y lo vi apurar todo su contenido hasta saciarse. Mientras lo hacía observé sus ojeras, los ojos enrojecidos, la palidez de sus mejillas. En verdad, daba mucha lástima verlo en un estado tan deplorable.
–Estaba buena, ¿no? –le pregunté con falsa algarabía, tratando de animarlo; él asintió con el mentón–. ¿Te sientes mejor ahora?
No me contestó de inmediato. Se limitó a mirarme fijo. Luego giró su cabeza para contemplar el paisaje que se ofrecía ante nosotros; mantuvo la vista perdida en los faldeos durante unos instantes y al final habló, con tono grave:
–Eres un tozudo y un idiota. Lo mejor que puedes hacer es salir corriendo de aquí. En tu lugar, yo lo haría ahora mismo.
Estaba a punto de responderle cuando algo me dejó paralizado. De pronto se oyó un fragor inconfundible. Por detrás de un bosquecillo apareció un grupo de legionarios montados a caballo. Mi reacción instintiva fue arrojarme al suelo y empujar a Cresio para que se agazapara, pero no sirvió de nada. Nuestros compañeros, que estaban parados de espaldas al valle preparando un fuego, ya habían sido avistados por la tropa.
El estruendo de los cascos aproximándose cuesta arriba todavía resuena en mi memoria, tal como resonaron aquellos galopes en mi oreja apoyada contra la tierra; eran los tambores triunfales anunciando la llegada de la Muerte. Una vez más, la expedición punitiva de los romanos había logrado alcanzarnos. Sólo que en esta ocasión no habría escapatoria.

Nos ataron con un largo cabo para ser arreados en hilera. Mientras los látigos silbaban sobre nuestras cabezas, comenzamos a caminar. A los pocos pasos Cresio se derrumbó. No pudo incorporarse; la pierna no le respondía. Quise correr a su lado para prestarle ayuda, pero la soga lo impidió y al instante, el azote de una fusta sobre mi frente me hizo caer de rodillas. Con la vista aturdida y lagrimosa alcé la cabeza para mirarlo. En ese momento se escuchó un murmullo entre la tropa; de inmediato los legionarios guardaron un silencio reverencial. Algo significativo estaba sucediendo. A los pocos segundos vi que nuestros captores abrían paso a una columna recién llegada. Reconocí enseguida al hombre que la encabezaba: era el procónsul Papino. Recortado sobre un cielo diáfano, su rostro fulguraba bajo la claridad solar de la mañana; mostraba una expresión altiva y triunfante, tal como lucen las efigies imperiales en los denarios.
–¿Qué sucede aquí? –preguntó, sin mirar a nadie en particular.
–No puede caminar –respondió el centurión que comandaba a la patrulla, señalando a Cresio–. Se ve que tiene la pierna rota.
Papino no dijo nada. Más que con palabras le gustaba predicar con acciones concretas. Descendió del caballo en un salto enérgico, le tendió el cabestro a su lugarteniente, echó una mirada despreciativa sobre todos nosotros y caminó hasta detenerse sobre el flanco izquierdo de Cresio, a menos de un metro de él.
Hubo un brevísimo intervalo de recogimiento; todos los espectadores intuíamos lo que iba a suceder, pero el instinto de supervivencia es tremendamente poderoso y la garra de la Parca, con soberana majestad, suele estremecer por igual a víctimas y victimarios: a los primeros les sobrecoge comprobar la inutilidad de su oposición desesperada, y al asesino, quizás, la perpleja impresión de que su mano verdugal no es sino el cumplimiento obediente de un mandato superior, fatal e inexorable.
El procónsul desenvainó la espada y con movimientos lentos, calculados, de increíble flexibilidad y contundencia, la asestó sobre el cuello de Cresio. La cabeza rodó limpiamente sobre el pedregullo hasta detenerse frente a los pies de su ejecutor.
Papino nos fue observando, uno a uno; cuando mis ojos, inundados por el llanto, se encontraron durante un segundo con los suyos, creí ver en las comisuras de sus labios la insinuación de una sonrisa triunfal, como si el sufrimiento del enemigo fuera el mejor premio para un acto ejemplar, como el que acababa de cumplir frente a su tropa.

Después nos obligaron a caminar hacia el sur. Anduvimos no menos de cuatro horas arreados por un piquete de cinco legionarios montados, que revoleaban sus látigos sobre nuestras cabezas cuando nos veían flaquear o retrasar el paso. El grueso de la tropa había adelantado su regreso a los cuarteles improvisados, donde acampaban las huestes de Papino.
De repente, al superar una lomada, apareció ante la vista un espectáculo sobrecogedor: atravesando el centro del valle como un río seco, la Via Appia desplegaba su extensa línea de seis pies de anchura, en partes recta, por momentos serpenteante, hasta perderse entre las últimas estribaciones australes. Bordeándola sobre ambos lados, como si fueran los mojones ominosos de una cruel victoria, se alzaban cientos de cruces enhiestas, con los cuerpos izados de otros tantos esclavos. Era el sacrificio más cuantioso que jamás se hubiera podido imaginar. Yo no terminaba de dar crédito al cuadro que se abría ante mis ojos: la ruta por donde alguna vez habían transitado los prohombres de una Roma otrora respetable y gloriosa, aquella longarum regina viarum a la que los poetas célebres le habían cantado tan bellas loas, era hoy el muestrario infame de la mayor barbarie, la secuela de un salvajismo inaudito.
La intención era más que evidente. He ahí el mensaje enviado por Pompeyo a los esclavos rebeldes a través de las ocho legiones de Craso: ese era el destino final para todo aquel que se atreviera a desafiar la autoridad. Y nosotros, naturalmente, como parte del bandidaje, seríamos merecedores del mismo castigo.

En el campamento nos concentraron junto a centenares de prisioneros. Allí fuimos testigos de una faena que sorprendía por su rapidez y eficiencia: los legionarios llegaban en cuadrillas continuas acarreando troncos de abeto de entre diez y quince pies de porte; desbastaban las ramas, les hacían una incisión a cierta altura y luego los iban encastrando hábilmente entre sí para fabricar las cruces. Llegado un cierto número, otra patrulla venía a buscar a un grupo de cautivos y los trasladaban hacia el sur por la carretera, haciéndolos acarrear las cruces sobre los hombros.
Sobre el final me llegó el turno. La cruz que cargaron sobre mis hombros parecía tener el peso de un caballo. La fui arrastrando con esfuerzos casi titánicos, al igual que los otros compañeros en desgracia. No tengo noción del tiempo y la distancia que insumieron esos trajines; sólo puedo decir que caímos de rodillas infinitas veces, totalmente exhaustos, y otras tantas fuimos obligados a incorporarnos y a seguir el viaje. Desfilábamos con toda lentitud, mordiendo el dolor a cada paso, y en el ardor casi paroxístico de las últimas fuerzas, creo que ya ni teníamos conciencia de estar protagonizando nuestro propio cortejo funerario.
Cuando clavaron mis manos y mis pies a los maderos, más que el sufrimiento de la carne desgarrada por las cuñas, me dolía la memoria de aquella espada descendiendo sobre el cuello de Cresio. Nunca como entonces había llegado a odiar a un hombre en tal medida. La mirada burlona de Papino, la imagen de su gesto asesino y despótico, eran un azote insoportable, mientras mi conciencia iba disipándose poco a poco con las últimas luces del día.
Las dos dimensiones de esa pesadilla me hicieron atravesar por el mismo calvario: la primera, cuando estuve de cuerpo presente en la Vía Appia, y la segunda, al momento de revivirla por la cenestesia atemporal del sueño hipnótico.
En ambas fui Tarzio, el esclavo; un eslabón humano en la hilera interminable de cuerpos suspendidos que nutrían aquel banquete oprobioso, insaciable, de la Muerte.


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9 comentarios:

Edgardo,  8 de septiembre de 2009 12:30  

Juro que se me cerró la garganta cuando terminé de leer este capítulo. Impresionante. ¡Felicitaciones!

Carlos Dante Ferrari 8 de septiembre de 2009 20:03  

Gracias, Edgardo. Te aseguro que también fue emotivo el momento de escribirlo. Abrazo.

Marina,  10 de septiembre de 2009 09:24  

Carlos, faltan 5 capitulos y no me imagino como se van a resolver tantos interrogantes!!!! ¿No se podrán achicar los tiempos entre cada capitulo de aqui al final? Me muero de ansiedad!!!!

Carlos Dante Ferrari 11 de septiembre de 2009 08:35  

Marina, te adelanto que en el próximo capítulo Nicholas recibirá una revelación inesperada. Los cabos comienzan a atarse; no te impacientes. Abrazo.

Javier Andrade 12 de septiembre de 2009 23:26  

Una pregunta; Hardy y Nicholas se conocían de vidas anteriores?

Mía Sanz,  13 de septiembre de 2009 02:28  

Javier, me pregunto lo mismo que vos... pero me temo que vamos a tener que seguir leyendo para resolver esa incógnita, si es que -en todo caso- tu pregunta tiene respuesta.
Y si no la tiene tendremos que pedirle a Carlos Ferrari una segunda parte de su novela, quizas...
En lo personal no me resigno a que este encuentro, en esta vida, sea el único que compartan Nick y Hardy.
Mis cariños
Mía

Rosanna,  13 de septiembre de 2009 20:02  

Por un lado me reconforta saber que no soy la única ansiosa. Ya me estaba sintiendo mal. ¿Será un problema de todos o es el resultado de un muy buen escritor, que sabe jugar con sus lectores?
Creo que es una especie de control que ejerce sobre nosotros! Y está bárbaro! Gracias!

Carlos Dante Ferrari 13 de septiembre de 2009 20:26  

Queridos Javier, Mía, Rosanna: no podría reprocharles la ansiedad porque a mí me sucede lo mismo; cuando una trama me interesa, no tengo descanso hasta conocer el desenlace. Reconozco que una novela por entregas tiene ese ingrediente de la espera obligada, pero... ¡ya falta tan poco! Por lo pronto, sepan que mañana se viene una gran revelación para Nicholas, que seguramente también dará respuesta a algunos interrogantes de los lectores. Un saludo afectuoso y hasta mañana!

Lucy in the Sky 20 de septiembre de 2009 19:36  

Cuánta tensión generada no sólo por la historia sino también por la forma en que la relatás. Es admirablemente prolija y eficaz.

ACERCA DE ESTE PROYECTO

"VISIONES EN LA TORRE" es una novela corta (nouvelle) en dieciséis capítulos - A raíz de la excelente respuesta recibida por parte de los lectores, la obra acaba de ser publicada por la editorial Simurg (Buenos Aires, febrero 2010)

Dirección de contacto del autor:
carlos dante ferrari@gmail.com

Dirección de contacto editorial:
simurg@sion.com
www.edicionessimurg.com

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