CAPÍTULO 12
15 de enero
Recuerdo que se escucharon los pasos de los bastoneros y pocos segundos después se abrió la puerta. Fue el 16 de diciembre, al despuntar la madrugada. Estaba helando. Por el tragaluz se filtraban los últimos resplandores lunares. La escasa luminosidad impedía ver el rostro de mi compañero. Apenas lograba distinguir los contornos de su cuerpo recostado sobre el catre.
Dos guardias entraron y el alcaide permaneció parado en el umbral. Este último fue el único que habló, y sólo para decir lo necesario:
–Levántate, Hardy Jamieson –la voz sonó clara y metálica–. Tu hora ha llegado.
Al escuchar aquellas palabras se me contrajo el estómago y sentí un leve escozor en la nuca. La cercanía de la muerte –propia o ajena– se manifiesta mediante sensaciones etéreas, escalofriantes, presagiando su designio inapelable. A lo largo de mi vida, muy pocas veces he estado presente en los instantes previos a esa fatal visita, pero siempre pude percibir los anuncios sutiles que suelen precederla. Son inconfundibles.
Hardy se incorporó con parsimonia. Estaba vestido y al ponerse de pie en toda su estatura, el ligero resplandor del alba le dio de lleno en la cara. Me sorprendió su aspecto calmo, la increíble expresión de paz que mostraban aquellas facciones pálidas. La elegante serenidad de sus movimientos y esa dignidad en la mirada eran francamente admirables.
–¿Quieres tomar tu desayuno, amigo? Algunos prefieren llegar al infierno con el buche bien lleno –dijo el alcaide, y se rió con desparpajo.
El comentario hizo que los carceleros también prorrumpieran en carcajadas. Hardy sonrió, o al menos hizo la mueca de una sonrisa. Después, contra todo lo que yo hubiera imaginado, contestó:
–Sí; es una buena idea. Creo que desayunaré antes de la “ceremonia”, si son ustedes tan amables.
Supongo que la respuesta también desconcertó a aquellos bastardos, porque los vi dudar por un instante. De inmediato, el que estaba parado junto a la puerta, con expresión de fastidio, le gruñó a uno de ellos:
–Bien; a ver, Joshua: tráele la ración, así terminamos pronto con este asunto.
La puerta se cerró detrás de sus pasos y los oímos alejarse. Entonces mi compañero me dirigió una mirada cómplice, sonrió de veras y con voz muy calma dijo:
–No creerás que tengo apetito, Nick, ¿no? En verdad, todo lo que deseo ahora es disponer de unos minutos para conversar contigo antes de irme.
Quise responderle pero no pude articular palabra; tenía un nudo en la garganta. Me limité a asentir con la cabeza y lo miré con fijeza a los ojos, incitándolo a que hablara. Un escalofrío me recorrió la espalda y comencé a temblar de cuerpo entero; no sé si era debido a la brisa helada que se filtraba por la claraboya o por la emotividad de aquella despedida inminente.
–Querido amigo, ignoro qué pensarás de todo lo que te ha pasado en las semanas que compartimos aquí. En lo que a mí respecta, puedo asegurarte que nuestro encuentro ha sido lo mejor que pudo pasarme en esta vida.
Hizo una pausa, constató el gesto de interrogación que había despertado en mí esa última frase y prosiguió diciendo:
–¿Sabes una cosa? Como ya te conté, después de haber asesinado al viejo maldito que en vida fuera mi padre empezaron a mortificarme esos espasmos como el que presenciaste días atrás en esta misma celda, cuando me descompuse de modo tan violento. Pues bien: debes saber ahora que todo lo que has podido ver con mi ayuda a través de la hipnosis lo fui viviendo antes que tú, durante aquellos ataques endiablados, agotadores, que me dejaban postrado durante varias horas. Y en cada ocasión, mientras me reponía, repasaba las imágenes que habían desfilado por mi cerebro: eran las mismas escenas y episodios que experimentaste en tus alucinaciones, Nick. ¿Te das cuenta de lo que significa eso?
Se me ocurrió una idea que probablemente contestaría a su pregunta, pero dudé en hablar. No quería ofender sus sentimientos.
–Habla, amigo mío –agregó–; no te guardes nada. Nos queda muy poco tiempo y te conozco ya lo suficiente como para saber que estás callando una respuesta.
Entonces me sinceré. Después de todo, un deber de honestidad exigía expresarle las reservas que me habían despertado sus prácticas hipnóticas desde el comienzo. Para suavizar el significado de mis palabras elegí planteárselo como un interrogante:
–Mira, Hardy, hay algo que me he preguntado todo el tiempo: ¿no podría ocurrir que tu propia mente, aun de manera involuntaria, haya estado induciendo el contenido de mis sueños?
Iba a contestarme, pero lo detuvo el repentino regreso de los guardias. Uno de ellos irrumpió casi pateando la puerta. Traía un jarro con té y un par de galletas. Le tendió el desayuno con gesto fastidiado y le espetó:
–Bien: aquí tienes lo tuyo. ¡Date prisa! No tenemos toda la mañana para ti, viejo, ¿me entiendes? En cinco minutos volveremos a buscarte.
Hardy tomó en sus manos el servicio y agradeció con una leve inclinación de cabeza, demorando sus movimientos, mientras aguardaba que el energúmeno abandonara la celda. Depositó enseguida la ración sobre el piso y me dirigió una mirada penetrante.
–¿Es eso lo que crees tú, de verdad, Nick? ¿No te parece extraño que los dos hayamos tenido las mismas visiones?
Me invadió un sentimiento de gran desolación. Allí estábamos los dos, a punto de despedirnos; nos quedaban escasos minutos por delante y todavía no habíamos conciliado una opinión pacífica acerca de las intensísimas experiencias compartidas. En ese trance no había lugar para concesiones recíprocas ni falsedades. Tenía que expresarle mis incertidumbres; jugarme a todo o nada.
–¿Y eso qué prueba, Hardy? –grité. Me sorprendí al poder formularle mis objeciones cara a cara, ya sin prejuicios ni vacilaciones. Me sentía ofuscado, acorralado–. ¿Acaso no podría ser que tu propia fantasía haya creado toda una maquinación para justificarte, una serie de patrañas sólo destinadas a tranquilizar tu conciencia culpable?
Hubo un instante de incómodo silencio. Sus pupilas me enfocaron sin parpadear. La respuesta fue serena y demoledora:
–Bien. Y si así fuera, Nick: ¿cómo explicas entonces tus apariciones en mis sueños, sin que yo jamás te hubiera visto antes? Te reconocí apenas ingresaste a esta celda. Ese rostro es inconfundible. Tar-Ek y Tarzio son tu vívido retrato, mi querido hermano del alma.
Sentí un leve mareo. La vista se me nubló. Quise decirle algo, pero no llegué a mover los labios.
–Por eso no siento ningún remordimiento, ¿entiendes? –agregó–. Porque en mi primera visión volví a estar cara a cara con Therpis. ¿Y sabes una cosa? Nunca antes había podido explicarme la razón de mi rechazo hacia el viejo Jamieson, hasta que al fin supe que aquel ruin sacerdote y mi padre eran encarnaciones de una misma persona. Él y yo arrastrábamos un destino enlazado desde el fondo de los siglos, y estaba escrito que merecía morir. Ateyah ha sido vengada, al fin; ¿lo entiendes ahora...?
Sus palabras me desgarraron. En todo caso, no parecía justo que él cometiera un crimen para desagraviar a quien habría sido mi esposa en otra vida.
–Pero... ¿por qué tú y no yo? ¿Quieres explicarme?
Fue entonces cuando se abrió la puerta de repente y el tal Joshua entró en forma violenta.
–Bien, ¡se terminó tu tiempo, hombre! ¡Andando, vamos!
Hardy me miró con afecto. Se acercó y me dio un abrazo. Luego giró sobre sus pies y mientras caminaba hacia la salida me dijo:
–Vamos, Nick; despierta de una vez por todas. Si dejas de empeñarte en cerrar los ojos y repasas los hechos, advertirás que tú también hiciste algo por mí en esta vida. Piénsalo…
No alcancé a hacerle otra pregunta. Los guardias salieron con él, cerraron la puerta de un golpe y se lo llevaron, sin darme tiempo a nada.
Me desplomé sobre el catre. Estaba obnubilado.
Sobre el piso, junto al jarro con té, las galletas eran engullidas con avidez por nuestra compañera de celda, una rata que hasta hoy ha estado compartiendo a diario las escasas sobras de los mendrugos. Esta vez le había tocado en suerte un desayuno completo.
Recuerdo que se escucharon los pasos de los bastoneros y pocos segundos después se abrió la puerta. Fue el 16 de diciembre, al despuntar la madrugada. Estaba helando. Por el tragaluz se filtraban los últimos resplandores lunares. La escasa luminosidad impedía ver el rostro de mi compañero. Apenas lograba distinguir los contornos de su cuerpo recostado sobre el catre.
Dos guardias entraron y el alcaide permaneció parado en el umbral. Este último fue el único que habló, y sólo para decir lo necesario:
–Levántate, Hardy Jamieson –la voz sonó clara y metálica–. Tu hora ha llegado.
Al escuchar aquellas palabras se me contrajo el estómago y sentí un leve escozor en la nuca. La cercanía de la muerte –propia o ajena– se manifiesta mediante sensaciones etéreas, escalofriantes, presagiando su designio inapelable. A lo largo de mi vida, muy pocas veces he estado presente en los instantes previos a esa fatal visita, pero siempre pude percibir los anuncios sutiles que suelen precederla. Son inconfundibles.
Hardy se incorporó con parsimonia. Estaba vestido y al ponerse de pie en toda su estatura, el ligero resplandor del alba le dio de lleno en la cara. Me sorprendió su aspecto calmo, la increíble expresión de paz que mostraban aquellas facciones pálidas. La elegante serenidad de sus movimientos y esa dignidad en la mirada eran francamente admirables.
–¿Quieres tomar tu desayuno, amigo? Algunos prefieren llegar al infierno con el buche bien lleno –dijo el alcaide, y se rió con desparpajo.
El comentario hizo que los carceleros también prorrumpieran en carcajadas. Hardy sonrió, o al menos hizo la mueca de una sonrisa. Después, contra todo lo que yo hubiera imaginado, contestó:
–Sí; es una buena idea. Creo que desayunaré antes de la “ceremonia”, si son ustedes tan amables.
Supongo que la respuesta también desconcertó a aquellos bastardos, porque los vi dudar por un instante. De inmediato, el que estaba parado junto a la puerta, con expresión de fastidio, le gruñó a uno de ellos:
–Bien; a ver, Joshua: tráele la ración, así terminamos pronto con este asunto.
La puerta se cerró detrás de sus pasos y los oímos alejarse. Entonces mi compañero me dirigió una mirada cómplice, sonrió de veras y con voz muy calma dijo:
–No creerás que tengo apetito, Nick, ¿no? En verdad, todo lo que deseo ahora es disponer de unos minutos para conversar contigo antes de irme.
Quise responderle pero no pude articular palabra; tenía un nudo en la garganta. Me limité a asentir con la cabeza y lo miré con fijeza a los ojos, incitándolo a que hablara. Un escalofrío me recorrió la espalda y comencé a temblar de cuerpo entero; no sé si era debido a la brisa helada que se filtraba por la claraboya o por la emotividad de aquella despedida inminente.
–Querido amigo, ignoro qué pensarás de todo lo que te ha pasado en las semanas que compartimos aquí. En lo que a mí respecta, puedo asegurarte que nuestro encuentro ha sido lo mejor que pudo pasarme en esta vida.
Hizo una pausa, constató el gesto de interrogación que había despertado en mí esa última frase y prosiguió diciendo:
–¿Sabes una cosa? Como ya te conté, después de haber asesinado al viejo maldito que en vida fuera mi padre empezaron a mortificarme esos espasmos como el que presenciaste días atrás en esta misma celda, cuando me descompuse de modo tan violento. Pues bien: debes saber ahora que todo lo que has podido ver con mi ayuda a través de la hipnosis lo fui viviendo antes que tú, durante aquellos ataques endiablados, agotadores, que me dejaban postrado durante varias horas. Y en cada ocasión, mientras me reponía, repasaba las imágenes que habían desfilado por mi cerebro: eran las mismas escenas y episodios que experimentaste en tus alucinaciones, Nick. ¿Te das cuenta de lo que significa eso?
Se me ocurrió una idea que probablemente contestaría a su pregunta, pero dudé en hablar. No quería ofender sus sentimientos.
–Habla, amigo mío –agregó–; no te guardes nada. Nos queda muy poco tiempo y te conozco ya lo suficiente como para saber que estás callando una respuesta.
Entonces me sinceré. Después de todo, un deber de honestidad exigía expresarle las reservas que me habían despertado sus prácticas hipnóticas desde el comienzo. Para suavizar el significado de mis palabras elegí planteárselo como un interrogante:
–Mira, Hardy, hay algo que me he preguntado todo el tiempo: ¿no podría ocurrir que tu propia mente, aun de manera involuntaria, haya estado induciendo el contenido de mis sueños?
Iba a contestarme, pero lo detuvo el repentino regreso de los guardias. Uno de ellos irrumpió casi pateando la puerta. Traía un jarro con té y un par de galletas. Le tendió el desayuno con gesto fastidiado y le espetó:
–Bien: aquí tienes lo tuyo. ¡Date prisa! No tenemos toda la mañana para ti, viejo, ¿me entiendes? En cinco minutos volveremos a buscarte.
Hardy tomó en sus manos el servicio y agradeció con una leve inclinación de cabeza, demorando sus movimientos, mientras aguardaba que el energúmeno abandonara la celda. Depositó enseguida la ración sobre el piso y me dirigió una mirada penetrante.
–¿Es eso lo que crees tú, de verdad, Nick? ¿No te parece extraño que los dos hayamos tenido las mismas visiones?
Me invadió un sentimiento de gran desolación. Allí estábamos los dos, a punto de despedirnos; nos quedaban escasos minutos por delante y todavía no habíamos conciliado una opinión pacífica acerca de las intensísimas experiencias compartidas. En ese trance no había lugar para concesiones recíprocas ni falsedades. Tenía que expresarle mis incertidumbres; jugarme a todo o nada.
–¿Y eso qué prueba, Hardy? –grité. Me sorprendí al poder formularle mis objeciones cara a cara, ya sin prejuicios ni vacilaciones. Me sentía ofuscado, acorralado–. ¿Acaso no podría ser que tu propia fantasía haya creado toda una maquinación para justificarte, una serie de patrañas sólo destinadas a tranquilizar tu conciencia culpable?
Hubo un instante de incómodo silencio. Sus pupilas me enfocaron sin parpadear. La respuesta fue serena y demoledora:
–Bien. Y si así fuera, Nick: ¿cómo explicas entonces tus apariciones en mis sueños, sin que yo jamás te hubiera visto antes? Te reconocí apenas ingresaste a esta celda. Ese rostro es inconfundible. Tar-Ek y Tarzio son tu vívido retrato, mi querido hermano del alma.
Sentí un leve mareo. La vista se me nubló. Quise decirle algo, pero no llegué a mover los labios.
–Por eso no siento ningún remordimiento, ¿entiendes? –agregó–. Porque en mi primera visión volví a estar cara a cara con Therpis. ¿Y sabes una cosa? Nunca antes había podido explicarme la razón de mi rechazo hacia el viejo Jamieson, hasta que al fin supe que aquel ruin sacerdote y mi padre eran encarnaciones de una misma persona. Él y yo arrastrábamos un destino enlazado desde el fondo de los siglos, y estaba escrito que merecía morir. Ateyah ha sido vengada, al fin; ¿lo entiendes ahora...?
Sus palabras me desgarraron. En todo caso, no parecía justo que él cometiera un crimen para desagraviar a quien habría sido mi esposa en otra vida.
–Pero... ¿por qué tú y no yo? ¿Quieres explicarme?
Fue entonces cuando se abrió la puerta de repente y el tal Joshua entró en forma violenta.
–Bien, ¡se terminó tu tiempo, hombre! ¡Andando, vamos!
Hardy me miró con afecto. Se acercó y me dio un abrazo. Luego giró sobre sus pies y mientras caminaba hacia la salida me dijo:
–Vamos, Nick; despierta de una vez por todas. Si dejas de empeñarte en cerrar los ojos y repasas los hechos, advertirás que tú también hiciste algo por mí en esta vida. Piénsalo…
No alcancé a hacerle otra pregunta. Los guardias salieron con él, cerraron la puerta de un golpe y se lo llevaron, sin darme tiempo a nada.
Me desplomé sobre el catre. Estaba obnubilado.
Sobre el piso, junto al jarro con té, las galletas eran engullidas con avidez por nuestra compañera de celda, una rata que hasta hoy ha estado compartiendo a diario las escasas sobras de los mendrugos. Esta vez le había tocado en suerte un desayuno completo.
blognovela visiones torre Londres






12 comentarios:
ME SUPERÓ!!! Es un capítulo para releer varias veces. Te felicito!!!
Y te agradezco que nos brinde estas genialidades para poder disfrutar entre todos!
Con más razón en esta ocasión, tus ansiosos seguidores estaremos muy expectantes a los siguientes capítulos. Hacé una excepción esta semana y sacá un 2 x 1!!! Si, dale!! (está bien así? Ya había mezclado el Tú y el Vos. Los corregí!!)
¡Gracias, Rosanna! ¿Y si en vez de 2x1 hacemos 2x4 y le ponemos ritmo de tango? Abrazo.
"...más que el sufrimiento de la carne desgarrada por las cuñas, me dolía la memoria de aquella espada descendiendo sobre el cuello de Cresio" ¡Impresionante! Buenísima la trama, el lenguaje, el estilo. Un placer leerlo. La venganza intoxica...¿se darán cuenta los personajes que la única puerta es el Perdón ?
Busco incansablemente mi comentario despues de haber leido 12 capítulos de Visiones en la Torre. Es evidente que he sido expulsado de Literasur, no se por quien; junto mi pena con las tribulaciones de mis amigos de la cárcel Nick y Hardy. Ojala se puedan escapar y así Carlos tendrá que terminar su novela. Jorge.
Betina: ¡Cuánta verdad en tus palabras! ¿Por qué será tan arduo y doloroso el aprendizaje? Para aspirar a la paz hay que desterrar definitivamente el odio y la venganza. Pero la disciplina del perdón, la práctica de una vida piadosa, sólo es patrimonio de los virtuosos. Después del capítulo final volveremos sobre el tema, ¡¿de acuerdo?
Rico: ¿En serio se extravió algún comentario? ¡Sería una pena, porque sus apuntes siempre son jugosos y acertados! Literasur tiene el orgullo de poder contarlo entre sus columnistas habituales; no hay expulsión posible. En cuanto a la fuga de Nick y Hardy, pronto se develará el destino de ambos. Un abrazo.
Estimado Carlos: Mi comentario perdido decía esto: He leido paso a paso Visiones de la Torre y luego los comentarios de tus "fans" entre los que me cuento pero me quedé de espectador; no me animé a entrar a la cancha. Vos como gran observador que sos, habrás notado que tanto yo como mi hermano, galopamos campos de orégano, como dice el refrán y cuando intentamos algún cuento, nuestro imaginario barco se inclina a babor o estribor según el viento sople del lado que conocemos. "zona rural" No trates de entender, que yo tampoco entiendo. En cuanto a Nick y Hardy, ya estoy familiarizado y espero clemencia de tu parte. ¿Como arreglría yo esto? Destruyendo cadalso, guillotina etc. o abriendo un boquete por donde los muchachos pudieran escapar. Un abrazo. Jorge Gabriel
Rico, esos cuentos ambientados en la zona rural son imperdibles; estamos esperando una nueva entrega, así a que, ¡a inspirarse y a afinar el lápiz!
La idea del boquete estuvo a consideración, pero la verdad es que no hay manera de perforar esas moles de piedra. Habrá que buscar otro recurso (quizás más "esotérico"). Abrazo y seguimos en contacto.
Rico, si bien no estoy presente en este espacio de comentarios porque a diario se los hago a Carlos personalmente, o por medio de nuestros contactos, te escucho hablar aquí de tu "expulsión" en las páginas de Literasur y no puedo dejar de usar este mismo medio, casi impulsivamente, para decirte que ¡NI LO SUEÑES!
No solo estás y estarás en nuestras páginas, sino también en nuestros corazones.
Con afecto.
Olga
P.D.: aprovecho a saludar a Bettina, con quien me identifico en su sensibilidad.
Olga, quedan pocas entregas y se viene un gran desafío. Tdos en sus puestos, ajustarse los cinturones; pacto de silencio, ¿de acuerdo? :-)
¡De acuerdo!
Beso
Olga
Esta incógnita se dirige inevitablemente al clímax de la historia. No quiero ni pensar en cómo será la catarsis.
Hola, Lucy! Veo que te pusiste al día, lo cual me alegra porque mañana a la mañana se viene un nuevo capítulo. Como verás, las incógnitas empiezan a despejarse. Gracias por el acompañamiento! Abrazo.
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