CAPÍTULO 14
16 de enero - Atardecer
Estoy como extraviado y la angustia me derriba sobre el catre, donde permanezco inmóvil durante largo tiempo. En la celda apenas iluminada por una vela titilante, las diferencias entre el día y la noche han ido perdiendo importancia. Es como flotar a la deriva en un plano indefinido, un océano oscuro y sin cielo, donde por momentos no es posible discernir la vigilia del sueño; si lo que está sucediendo ocurre hoy y aquí, o tal vez en otro tiempo y otro sitio. Entonces me asalta la desolación. ¿Será cierto lo que ha ocurrido en este calabozo, donde estuve enclaustrado junto a un extraño que parecía tan emparentado con mis propias experiencias? ¿Acaso estas circunstancias también forman parte de un pasado que hoy sigo soñando, o peor aún, un delirio del que ya no puedo escapar?
¡Escapar! ¡Qué ilusión estúpida! ¡Claro que no podría huir jamás de esta fortaleza! ¡Cuántos reos habrán fantaseado con esa idea en estos mismos claustros, soportando las miserias de sus últimos días! Sé muy bien que dentro de poco, cuando atraviese ese umbral, será por última vez, en camino hacia el cadalso. Un paseo de corta distancia, por los mismos pasadizos que me trajeron hasta aquí, en compañía de los bastoneros. En la colina veré la luz, sí; pero no más que por unos instantes, antes de que mi cuello penda de la soga.
Digo “escapar”, en forma irreflexiva, sin tener en cuenta todo lo que ha ocurrido en estos días. Pensándolo bien, se trata de una palabra engañosa. Después de todo, ¿hasta qué punto puede uno escapar de su propio destino? ¿En qué cambiaría mi vida si lograra fugarme de este encierro, con el peso de un crimen sobre mis espaldas? ¿Tendría algún sentido convertirme en un fugitivo, vivir en la infelicidad y la zozobra constantes, sólo para postergar un poco más el día inexorable en que tendré que encontrarme cara a cara con la muerte?
Además, ¿hasta qué punto cabe hablar de una “última vez”? Eso podría tener sentido si viviéramos una sola vida. Sin embargo, ¿hay seguridad de que sea esta la única existencia, o debo creer en las visiones que desfilaban ante mi conciencia cuando Hardy, con sus prácticas, parecía descorrer los misteriosos velos del tiempo? ¿Qué hay de cierto en todo eso? ¿Será el destino del hombre atravesar por una sucesión infinita de vidas y muertes? Y si es así, ¿cuándo me tocará regresar a este mundo, donde no parece haber más que tragedias y desdichas?
Mientras estuve acompañado al menos tenía algún consuelo, alguien con quien compartir tantas dudas y temores. Pero ahora, sin la palabra y la guía de Hardy, mis sueños se han vuelto caóticos. Apenas empiezo a dormitar, los delirios me acosan hasta quitarme el aliento. Y al despertar de cada pesadilla suelo preguntarme dónde estoy, en qué tiempo, quién soy. Las imágenes, el presente y el pasado se están entremezclando de una manera diabólica. Esta misma madrugada sentí cómo abrazaba a Ateyah mientras tratábamos de dar consuelo al llanto desesperado de Rowena, que yacía con el rostro lastimado, al pie de la escalinata de la mansión Weynhard. También soñé –antes o después, ya no lo tengo en claro– que Serefet y yo corríamos en medio de la noche, huyendo quién sabe de qué peligro. Avanzábamos casi a ciegas, saltando entre piedras y arbustos, hasta que al fin encontramos refugio en un bosque abigarrado, al pie de una ladera. Recuerdo que en la carrera sentí la puñalada lacerante; una rama en punta me había herido el muslo, y al caer, mi compañero me tendió el brazo; pero entonces ya no era el rostro de Serefet, sino el de Cresio.
Sangre. Ojalá pudiera borrarla de mi memoria, de la que se lanza como si manara una vena rota, cada vez que cierro los párpados y hago el esfuerzo inútil de poner la mente en blanco. En esas alucinaciones siempre hay sangre, dolor, carnes desgarradas. Sangre espesa, fluyente, ominosa; un humor púrpura que salpica todas mis visiones. Está en el filo del puñal despiadado que hiende la piel, en la espada que decapita, en los clavos que atraviesan las palmas para fijarlas al madero. Sangre, sangre y más sangre. Sí, en estos días mi memoria se ha convertido en un manantial oscuro y viscoso, del que sólo pueden brotar recuerdos aciagos.
Desesperado, he llegado a preguntarme una y otra vez si esto no es más que un mal sueño, un espejismo febril del que pronto podré despertar a una realidad serena y apacible, donde por fin estaré a salvo de mis desvaríos, en otro lecho y otro sitio, al abrigo de toda amenaza.
Pero es una ilusión efímera. Cada vez que abro los ojos, las coordenadas del espacio y del tiempo me devuelven a estas paredes frías y desnudas, donde las horas implacables van agotando su cuenta regresiva hacia la horca.
La horca. Claro que sí. Tal vez sea mi ansiado despertar. El último; el verdadero.
Creo haber dicho esta frase otras veces, y tal vez volveré a pronunciarla en sucesivas existencias: si morir es la única puerta para salir de este infierno, entonces empiezo a comprender cuánto consuelo me concederá el abrazo de la Muerte.
Estoy como extraviado y la angustia me derriba sobre el catre, donde permanezco inmóvil durante largo tiempo. En la celda apenas iluminada por una vela titilante, las diferencias entre el día y la noche han ido perdiendo importancia. Es como flotar a la deriva en un plano indefinido, un océano oscuro y sin cielo, donde por momentos no es posible discernir la vigilia del sueño; si lo que está sucediendo ocurre hoy y aquí, o tal vez en otro tiempo y otro sitio. Entonces me asalta la desolación. ¿Será cierto lo que ha ocurrido en este calabozo, donde estuve enclaustrado junto a un extraño que parecía tan emparentado con mis propias experiencias? ¿Acaso estas circunstancias también forman parte de un pasado que hoy sigo soñando, o peor aún, un delirio del que ya no puedo escapar?
¡Escapar! ¡Qué ilusión estúpida! ¡Claro que no podría huir jamás de esta fortaleza! ¡Cuántos reos habrán fantaseado con esa idea en estos mismos claustros, soportando las miserias de sus últimos días! Sé muy bien que dentro de poco, cuando atraviese ese umbral, será por última vez, en camino hacia el cadalso. Un paseo de corta distancia, por los mismos pasadizos que me trajeron hasta aquí, en compañía de los bastoneros. En la colina veré la luz, sí; pero no más que por unos instantes, antes de que mi cuello penda de la soga.
Digo “escapar”, en forma irreflexiva, sin tener en cuenta todo lo que ha ocurrido en estos días. Pensándolo bien, se trata de una palabra engañosa. Después de todo, ¿hasta qué punto puede uno escapar de su propio destino? ¿En qué cambiaría mi vida si lograra fugarme de este encierro, con el peso de un crimen sobre mis espaldas? ¿Tendría algún sentido convertirme en un fugitivo, vivir en la infelicidad y la zozobra constantes, sólo para postergar un poco más el día inexorable en que tendré que encontrarme cara a cara con la muerte?
Además, ¿hasta qué punto cabe hablar de una “última vez”? Eso podría tener sentido si viviéramos una sola vida. Sin embargo, ¿hay seguridad de que sea esta la única existencia, o debo creer en las visiones que desfilaban ante mi conciencia cuando Hardy, con sus prácticas, parecía descorrer los misteriosos velos del tiempo? ¿Qué hay de cierto en todo eso? ¿Será el destino del hombre atravesar por una sucesión infinita de vidas y muertes? Y si es así, ¿cuándo me tocará regresar a este mundo, donde no parece haber más que tragedias y desdichas?
Mientras estuve acompañado al menos tenía algún consuelo, alguien con quien compartir tantas dudas y temores. Pero ahora, sin la palabra y la guía de Hardy, mis sueños se han vuelto caóticos. Apenas empiezo a dormitar, los delirios me acosan hasta quitarme el aliento. Y al despertar de cada pesadilla suelo preguntarme dónde estoy, en qué tiempo, quién soy. Las imágenes, el presente y el pasado se están entremezclando de una manera diabólica. Esta misma madrugada sentí cómo abrazaba a Ateyah mientras tratábamos de dar consuelo al llanto desesperado de Rowena, que yacía con el rostro lastimado, al pie de la escalinata de la mansión Weynhard. También soñé –antes o después, ya no lo tengo en claro– que Serefet y yo corríamos en medio de la noche, huyendo quién sabe de qué peligro. Avanzábamos casi a ciegas, saltando entre piedras y arbustos, hasta que al fin encontramos refugio en un bosque abigarrado, al pie de una ladera. Recuerdo que en la carrera sentí la puñalada lacerante; una rama en punta me había herido el muslo, y al caer, mi compañero me tendió el brazo; pero entonces ya no era el rostro de Serefet, sino el de Cresio.
Sangre. Ojalá pudiera borrarla de mi memoria, de la que se lanza como si manara una vena rota, cada vez que cierro los párpados y hago el esfuerzo inútil de poner la mente en blanco. En esas alucinaciones siempre hay sangre, dolor, carnes desgarradas. Sangre espesa, fluyente, ominosa; un humor púrpura que salpica todas mis visiones. Está en el filo del puñal despiadado que hiende la piel, en la espada que decapita, en los clavos que atraviesan las palmas para fijarlas al madero. Sangre, sangre y más sangre. Sí, en estos días mi memoria se ha convertido en un manantial oscuro y viscoso, del que sólo pueden brotar recuerdos aciagos.
Desesperado, he llegado a preguntarme una y otra vez si esto no es más que un mal sueño, un espejismo febril del que pronto podré despertar a una realidad serena y apacible, donde por fin estaré a salvo de mis desvaríos, en otro lecho y otro sitio, al abrigo de toda amenaza.
Pero es una ilusión efímera. Cada vez que abro los ojos, las coordenadas del espacio y del tiempo me devuelven a estas paredes frías y desnudas, donde las horas implacables van agotando su cuenta regresiva hacia la horca.
La horca. Claro que sí. Tal vez sea mi ansiado despertar. El último; el verdadero.
Creo haber dicho esta frase otras veces, y tal vez volveré a pronunciarla en sucesivas existencias: si morir es la única puerta para salir de este infierno, entonces empiezo a comprender cuánto consuelo me concederá el abrazo de la Muerte.
VOLVER A RESEÑA DE CAPÍTULOS
blognovela visiones torre Londres






6 comentarios:
!Ansiedad, Impaciencia, Incertidumbre. Tus lectores, cómodamente apoltronados en sendos sillones, tapizados en cuero, botella y copa sobre la ratona, o frente a la mesa del comedor, desplegando mapas, intentan sacar de alguna manera a Nick y Hardy de la Torre inexpulnable. O piensan en visitar a Carlos, distraerlo y sustraerle algunos papeles. Emular a Borges, Bioy Casares, Gabriel García Márquez,!Viejaaa!.. sebate unos mates!.. Trae otra botella!!..
Estoy viendo nublado, o hay niebla?
No es un dia apropiado para la "ejecución" En otro aparte, la dama -Viejooo: tenes el teléfono de Carlitos Ferrari?..- Que pasa?--
responde el marido- Quiero saber si los presos pasan por el ventiluz del baño, responde la dama.
Hasta el próximo capítulo. Tu amigo Rico.
Si quiere Jorge le paso el teléfono de Carlos para que esa señora lo llame pero de nada serviría. Yo intenté varias veces sacarle alguna información pero es inexpugnable, como la Torre.
La cuestión no está en la ella supongo. El final puede llegar a ser tan obvio, que por ansiosos no vemos la respuesta.
¡¡¡Lo que va a ser este blog cuando terminemos de leer el último capítulo!!!! Alegrías, tristezas, lamentos, deducciones, los de siempre, los que no se han animado aún, los amigos y por qué no los enemigos. Creo que va a dar para ésto y mucho más.
Disculpe el atrevimiento pero esto de estar leyendo quizás acompañado de una copita de alcohol me recuerda a algunos amigos escritores...
Saludos!
Hasta la próxima!
Parece ser que el panorama se aclara poco a poco. Nick ya es consciente de que la muerte es una puerta hacia otro estado, el único escape de la torre. Sin embargo, yo en su lugar me preguntaría: ¿hasta cuándo seguirá en este círculo que parece envolverlo cada vez más como un remolino?
Me sigo maravillando con el fluir de tu narrativa. Como el río, me deleita con sus paisajes de adjetivos, imágenes y estructuras.
Rico,querido amigo: todos los finales generan expectativas, ¿no? Claro que tratándose de reencarnaciones, ¿quién sabe cuándo y cómo puede aguardarse un "punto final"? Gracias por el acompañamiento y un fuerte abrazo.
Rosanna: ¡cuántas predicciones! ¿Será para tanto?
Lucy: el interrogante que planteás es el más adecuado para el momento que vive Nick. Ni que lo hubieras intuido. También es muy grata la metáfora del río; evoca a Heráclito y a sus reflexiones sobre el curso del tiempo. Gracias. Un abrazo!
No quiero que termine.
Amiga "Umbrales", tu anhelo me recuerda a "The neverending story", ¿recordás? Lo interesante es que la hipótesis de vidas cíclicas se propone como algo infinito, interminable, ¿te das cuenta? Desde ese punto de vista, no me atrevo a asegurar que esto "termine" con el capítulo 16. ¡Gracias por tu acompañamiento! Abrazo.
Publicar un comentario en la entrada